Tuvo que ser ese huevo.
No recuerdo gran qué de cómo sucedió, pero sí me acuerdo de mis vestiduras haciéndose grandes, pesando como una montaña, mojadas por la lluvia, resbaladizas. Si me preguntan que si fue más incómodo sentirme desnuda o pequeña, ignoro qué respondería. Pero cualquiera de las dos cosas era mala idea.
Me transformé en una conejita rosa por tocar un huevo de los que se recogen en la Fiesta del Jardín Noble. Castigo divino por apartarme de mis quehaceres, seguro.
Busqué refugio dando vueltas sin control. Desorientada, tropecé un par de veces y trastabillé otras dos con el barro pegado a mis almohadillas. Era incómodo, asqueroso, y para colmo de males, terminé atravesando un arbusto, empapándome definitivamente. Gruñí, si es que los conejos pueden hacer eso, y estornudé.
Encontrar un sitio seco cuando toda la fauna del bosque pretende lo mismo que tú suele terminar mal para alguien. Bueno, al menos descubrí que los animales son más comprensivos que los seres racionales de Azeroth. Indicaban sitios en los que resguardarme con un hocico, una pezuña, un cuerno y algunas cosas más que, entre animales, deben ser normales. Al fin, un ciervo hizo un par de gestos con su cabeza, señalando un sendero serpenteante al otro lado de un camino cercano.
Nada más cruzar y adentrarme en él, escuché miles de hojas y ramas rompiéndose a mi alrededor. Algo me golpeó en medio de la confusión, aplastándome contra el suelo con un crujido.
Bromeé para mis adentros al escabullirme, pensando que el encantamiento había propiciado, de paso, la venida del Fin de los Tiempos y todo eso que tanto me habían inculcado. Giré sobre mí misma con la torpeza de quien no domina una nueva forma y curioseé el pedazo de mundo que había caído sobre mí. Arrugué la nariz.
A veces pienso que ciertas enseñanzas no sirven sólo para infundir miedo, sino para decirte que podría ir peor.
Era una draenei de pelo largo y plateado con un vestido rojo manchado por el barro y huevos rotos. Parpadeé en un par de ocasiones, preguntándome si estaba viva. Moví mi trasero hasta colocarme en su tripa celeste.
Eh, le dije, reacciona. Me había llevado la peor parte, pero a ella no le sentaban bien los suelos. Al menos respiraba.
Trepé por su busto, cuidando no tocar nada indecoroso, hasta colocarme en su frente. Rocé mi nariz contra la suya en un par de ocasiones y vi un fulgor pálido en los ojos.
Hay momentos en la vida que sabes que no hay vuelta atrás. Cuando alguien que mide quince veces lo que tú te clava la mirada, sea un dragón o una muchachita como esa, es uno de ellos.
Se levantó tan rápido que no tuve tiempo de saltar, aterrizando en su regazo con el peso de una bola de pelo mojada. Su calor me envolvió, protector. Nos miramos, interrogativas.
Nunca fui rápida con las sorpresas. De hecho, creo que tardé un par de minutos en darme cuenta de haber sido cogida entre sus manos. Tenía unas pestañas plateadas preciosas, y sus colmillos draénicos asomaron sobre los labios azules sonrientes.
Rozó sus mejillas contra las mías y entendí por qué a muchas mascotas no les gusta que las achuchen. Es como si una apisonadora te atusara un pelo rebelde cuando tienes cinco años.
Tarareando una cancioncilla draénica, miró a los lados. Se fijó en un árbol cercano y asintió con la cabeza. Nos cogió a su mochila y a mí y, de camino al tronco, suspiró al comprobar que el arduo trabajo de buscar huevos se había hecho fosfatina.
Me dejó a sus pies, acarició mi cabeza y abrió su bagaje. Sacó lo que parecía una especie de uniforme, colocándolo en el suelo casi seco, encima de las raíces.
Las cosas empezaban a ponerse raras.
Mirándome, soltó un tirante del vestido y lo deslizó por su brazo derecho.
No se atrevería a desnudarse ante una sacerdotisa.
Cayó otro tirante sin apartar sus ojos.
Claro, a nadie le da reparo desnudarse ante un conejo mojado.
Dejó caer su vestido hasta la cintura, con gotas de agua dibujando pecas de luna en su piel.
Debí aprender rápido a ser una pequeña amalgama de expresiones, porque sonrió cogiéndome otra vez, mientras mi cerebro procesaba información sensorial a toda prisa.
Ser una conejita de mi condición cuando estás en una situación semejante, hace de la fiesta del Jardín Noble algo irónico.
Así que allí estaba, con una draenei a medio vestir y los pelos de mi nueva y diminuta espalda erizados. Cerraba los ojos, de verdad que lo hacía, pero olía tan bien que besos, caricias, gemidos y suspiros de las clases más tórridas entrechocaban en la imaginería de mi mente, acelerando mi respiración. Quería huir, meterme en cualquier otro lugar de Azeroth que no fuera sus brazos.
Me apretaba contra su piel y sus pechos blandos me acogían. Juro que mis bigotitos rozaban, involuntariamente, pequeñas áreas pecaminosas que antes eran carentes de interés. Mi corazón palpitaba escuchando el suyo. Mi boca se secaba por el miedo, o por la curiosidad. Maldije para mis adentros con rubor en las mejillas.
Dijo alguna cosa en draénico.
Lo peor que puede pasarte cuando tienes un ataque de pánico ante un acantilado es que te empujen a él.
O crezcas.
Mi cuerpo me perturbaba a medida que recuperaba su forma y tamaño. Ya no eran las sensaciones de un animalito, sino las mías. Era su cuerpo friccionando con el mío; no era piel de gallina bajo una capa de pelo, sino mi propia piel contra la suya, húmedas; no eran los ojos de una criaturita clavados en los suyos.
Y ella lo sabía desde el principio.
Que me besara en medio de mi caos no tiene otra posible explicación.
Que no pudiera evitar que la abrazara, queriendo su calor, su protección y su olor, tampoco.
A partir de ahí, lo demás dio total y absolutamente igual.
Cerré los ojos. Dejé que su sabor se hiciera con mi boca. Que sus dedos se enredaran en mi pelo antes de acariciarme y, por un momento, temí que se acabara. Se separó tan poco que sus labios rozaron los míos cuando sonreímos. Necesité besarla. Me abalancé con una explosión áurea atravesando mi mente, venciéndonos hacia atrás.
Estaba llena de felicidad por algo que nunca comprendí. Era una desconocida que violaba todas mis convicciones y creencias con la naturalidad del descaro de los que, simplemente, se desean. Porque eso era lo que me pasaba. La deseaba irracionalmente. Con cada latido, con cada beso, con cada segundo retumbando en mi espíritu.
Lamí sus labios y pulsé eléctricamente con su lengua dulce, tímida y atrevida a la vez. Acaricié su cuello, sus lóbulos, sus clavículas y para cuando las quise, levantó mi cara al cielo y cayó su aliento sonriente en mi yugular. Creo que murmuró alguna cosa, pero recuerdo más sus dientes mordiéndome el alma, decidida y tan segura que no me importó.
El bajar de sus uñas me erizó en un relámpago azul de calma contenida. Temblaba al conocerme con su contacto. La tensión de lo desconocido en mi estómago. Pasé mis manos por su espalda, aferrándome a sus hombros, acercándola más y su pecho cedió contra el mío. Se cortó mi respiración por unos segundos. Di gracias a la Vida. Exhalé con la boca abierta al cielo agujereado por millones de estrellas.
Giramos a un lado, moviéndonos con una de sus manos en mi cadera. Nos miramos y sonreí, nerviosa.
Esto es nuevo para mí, intenté decir.
Llevó uno de sus dedos a mi boca y negó lentamente con la cabeza, acallándome en un silbido. Sellé mis labios en sus dedos, nudillos y mano, hasta apoyar mi cara. Acercó la suya, besándome mientras me dibujaba un trazo de intimidad desde la mejilla hasta el vientre.
Enterrándome en su cuello, busqué el olor de la protección. Empequeñecí y suspiró.
Paseé mis yemas por su espalda.
Apretó mis muslos con los suyos.
Y lejos de escandalizarme, sonreí en acto reflejo atrayéndola un poco más.

















