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Author: Aridiel
• Viernes, Mayo 15th, 2009

Ecos del pasado

Exodar.

Le parecía un día como otro cualquiera. Roma estaba en una de las cantinas de la nave Exodar, pasando unos días de relax y descanso con los suyos. Le encantaba esa nave, por todo lo que había vivido, amor, ira, alegrías, rabia, tristeza, esperanza… siempre que iba a ella desde que llegaron al planeta se sentía como en casa.

En ese lugar todo era unos días de autentico descanso, el lugar idóneo para olvidarse de las guerras de este mundo, las batallas sin fin, o las ayudas a veces absurdas que les pedían sus compañeros Alis.

Siempre entraba en la misma cantina, y pedía su plato favorito, disfrutándolo con cuidado y saboreando cada cucharada que se metía en la boca. Pero algo en todo este cuadro fallaba hoy. Algo mantenía un ambiente enturbiado, lleno de temor, ira y odio.

Roma intentaba no prestarle mucha atención, pues lo único que pensaba era que todo estaba relacionado con algún consejero decidido a hacerse con el poder. Escuchaba conversaciones con susurros algo ininteligibles para ella, y aun que parecían interesantes dejaba pasar la oportunidad de escuchar algún nuevo marujeo, ya que delante de ella tenía un plato sabroso que pensaba saborear sin que nadie le interrumpiese .

Mientras comía observo que dos draeneis entraban en la cantina, y se situaban en la mesa justo detrás de ella. Ambos pidieron algo de beber y de picar, y por el momento parecían no tener muchas ganas de hablar. Roma identificó sus rangos, gracias a sus prendas de vestir. Sin lugar a dudas eran de los altos cargos, muy allegados a los consejeros de la nave, sus rostros, aparecían algo pálidos a la tenue luz que ambientaba la cantina. Tras recibir sus encargos, ambos se situaron en sus sillas y con los codos plantados en la mesa mirándose fijamente comenzaron una conversación casi en un susurro que no llegaba mucho mas allá de su mesa. Roma les miraba extrañada, puesto que normalmente esta gente con tal rango, no solían pasar desapercibidos, les encantaba pavonearse por la cantina para ver si así luciendo uniforme se llevaban alguna camarera a su camarote, para digamos pasar un buen rato.

Por su comportamiento, y su forma de hablar, Roma empezó a notar como el ambiente que dominaba en la nave le empezaba a llenar de inquietud. Con su plato ya medio vacío, intento meterse en algún que otro susurro, y al ver que no conseguía escuchar mucho mas allá que alguna frase sin coherencia, en las lejanías de su mesa, no tuvo más remedio que utilizar toda su agudeza auditiva, para centrarse en la conversación de los dos que estaban a su espalda.

Se concentró todo lo que pudo, y poco a poco fue escuchando alguna que otra frase, o palabra. Parecía estar hablando en clave, y eso a ella le daba mucha rabia, pues solo los altos cargos podían hablar en un draeneico antiguo, que solo ellos entendían a la perfección. Aunque había estudiado su lengua antigua, ya hacía mucho tiempo que no la usaba, y por lo tanto la tenia casi obsoleta en su memoria. Intentó poner más énfasis en su escucha y pudo entender varias palabras.

“Misión……..mensajero………reposo……..Taroc”

En el momento que escucho el nombre de su hermano, le empezó a intrigar más la conversación, poco a poco fue posando su espalda en el respaldo de la silla, y perfeccionando cada vez más su potencial auditivo. Cada momento sentía que la conversación se llenaba más de ira, rabia, odio y temor, cada momento que pasaban ellos empezaban a estar alterados y fue entonces cuando escucho esa palabra. La palabra que puede llegar hasta el corazón de un draenei y congelarlo, congelando así su corazón y cubrir su cuerpo de todas esas sensaciones que ambos draeneis dejaban ver en su charla.

Pero Roma ya no estaba pendiente de ellos, aquel nombre le rebotaba por la cabeza, le palpitaba en los oídos, le helaba la sangre… .Una mano se poso en su hombro, y de un salto se puso de pie. Giró, y vio una cara familiar. Dakhara, entro en la taberna y la vio sentada al fondo en su sitio favorito.

“Te estaba buscando hermana” le dijo con voz tranquila.

“Hey!! ¿Cómo tu por aquí?”

Dakhara sintió el nerviosismo en su hermana, que parecía muy alterada y temblorosa. No hizo falta preguntarle porque, lo intuía como intuía todo el nerviosismo y silencio en la nave.

“Por lo que se ve ya lo sabes Roma” dijo a su hermana, con un gesto la invito a sentarse de nuevo en su sitio. Ambas se sentaron en la mesa, una frente a la otra.

Dakhara pidió algo de beber y comer, la camarera, rauda y veloz, le llevo el encargo que pidió. Una vez preparada miró a su hermana y decidida empezó a relatarle todo lo que ella sabía:

“Creo que sabes algo, pero lo mejor que puedo hacer ese contártelo yo misma. Hace tres noches, Taroc y yo estábamos en el reposo del dragón ayudando con su defensa, ya que los dragones azules habían intensificado su ataque. Después de un duro día de batalla, nos tocó hacer guardia por los alrededores. Todo parecía tranquilo, a pesar del día que habíamos tenido, nos estaban dando un merecido descanso.

La noche era bastante oscura, y a lo lejos escuchamos ruidos de una batalla no muy lejana. De repente, salió de la nada un Trol mal herido y casi muerto. Nuestro hermano se acerco para socorrerle, pero su ayuda fue en vano, antes de morir el trol le entrego una carta y un paquete que estaban a nuestros nombres. Ese mensaje venia de Jolinar.

En la carta decía lo siguiente:

Cuatro noches atrás de la escritura de la carta, Jolinar estaba en Gadgetzan, en una misión diplomática de la horda. Era una noche calmada, y alegre. De repente una bola de fuego ilumino el cielo, y tras un largo paso por encima de la pequeña ciudad, esta se estrelló en la zona de los piratas. Los emisarios de la horda y los goblins, quedaron impactados por aquello, asique decidieron investigar. Enviaron un grupo de reconocimiento, y aunque nuestra amiga elfa, no estaba en aquel grupo, sabemos lo cotilla que es, y tomo la decisión de seguirles. Se quedo algo rezagada para que no la viesen.

El grupo de expedición paso por la cueva que llevaba a la playa pirata. Jolinar espero un poco para dejarles adentrarse y así poder ella hacer lo mismo sin ser vista. Varios minutos después entro, paso la cueva, y al salir de ella se encontró con algo atroz e impactante para la gente de aquí. ¿Recuerdas el mundo de Troners?”

Roma al escuchar ese nombre palideció por completo. Su respuesta no se hizo esperar, con un “Si” lleno de terror. Su hermana estaba dando los últimos toques a su plato ya vacio, y acto seguido se recostó en la silla y reanudo su relato.

“Pues eso es lo que se encontró Jolinar, cuerpos brutalmente asesinados, desmembrados o devorados. Se dio la vuelta corrió todo lo que pudo, se subió a su montura y puso rumbo a Orgrimmar, escribiendo la carta y entregando lo que encontró allí.”

“¿Qué fue lo que nos envió?” Aunque sabia la respuesta gracias a la descripción y el ejemplo que Dakhara le puso, tenía que escuchar de su boca la respuesta. Su hermana se mantuvo en silencio, sopesó la situación y como decirlo sin producir un gran impacto no solo en Roma sino en el resto que se les unió a la conversación.

“Creo que todos lo sabéis pero no hay manera alguna de decirlo suavemente así que, sí, es cierto. Lo que Jolinar nos envió no fue solo un informe escrito, también nos envió la prueba de que ellos están aquí, y ya han empezado a dejar su sello. Los Dartonians han llegado a este planeta”.

El silencio se adueñó de la cantina, no se oían susurros, ni siquiera un alma se atrevía a respirar. Los temores se habían hecho realidad, la guerra más sangrienta no había  hecho más que empezar.

Author: Aridiel
• Miércoles, Mayo 06th, 2009

¡Buenos días-tardes!

Me alegra decir que Taroc ha regresado al Wow después de un tiempito por esos mundos no virtuales y con el, vuelven nuevamente sus crónicas con un punto de vista un tanto diferente.

¡Espero que os gusten!.

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Han pasado 8 años desde que los Altos elfos renegados nos declaráramos como una nueva raza denominada Elfos de sangre.

Desde entonces, he pertenecido a la raza noble y facción de la horda, sin miramientos, sin mirar atrás, sin arrepentimientos.

Nunca quise una guerra contra la alianza, pues tengo amigos en ella, y es por esto que escribo este informe, cual importante y primordial es su entrega a mis amigos. Aunque secreto ha de ser, este informe ha de llegar en su totalidad, y sin un rasguño a alguno de los aquí citados: Taroc, Roma o Dakhara.

Por favor entrega este informe, pues no solo mi vida sino la de todos está en peligro.

Firma Jolinar”

El mensajero guardo la carta tras leer minuciosamente la nota, pensativo y confundido tras leerla, estudio todas las posibles zonas neutrales a las que podría ir sin peligro de encontrarse en una situación incómoda, con varios alis intentado matarle.

Así que sin más dilación, cogió su Raptor y se fijo como destino la gran ciudad de Dalaran.

Durante su viaje, no pudo quitarse de la cabeza semejantes palabras escritas en la nota, ¿que contendría aquella carta?, ¿y el paquete?, ¿Qué es tan apremiante, para que un horda tenga que pedirle ayuda a un Ali?.

Durante la travesía por Tundra Boreal y Colinas Pardas, el mensajero Troll, no paró de dar vueltas sin cesar. Porque pasara lo que pasara, él era el mensajero, y debía cumplir con su deber, entregar carta y paquete sanos y a salvo, y aun que su curiosidad era incesante, decidió que lo mejor para el cliente era que el no supiese nada, aunque siempre le quedaba la opción de preguntar a quien se le entrega, que asuntos conciernen en dichos escritos.

De repente su raptor paró en seco, en algún lugar del Cementerio de Dragones. El, sabio como siempre, entendió el por qué de esa parada tan brusca, estaban exhaustos, cansados y algo doloridos por tanto ajetreo. Ambos sabían que el mensaje era de índole importante, pero una paradita no estaría mal, ya que tras dos largos días de viaje desde que salieran de Orgrimmar, les tenía bastante agotados.

La noche era cerrada, y ya no se escuchaba ni un alma, “hasta mis enemigos duermen”, pensó, “¿por qué no hacerlo nosotros?”. Encendió un fuego para calentar a ambos en la noche fría, se tendió apoyando su cabeza en el costado de su raptor y decidido cerro los ojos para echar una pequeña cabezadita.

De repente, algo le despertó. Sentía un dolor inmenso en su costado, algo le estaba desgarrando desde fuera hasta dentro de sus mismas entrañas. Abrió los ojos, y observo como unos ojos brillantes se cruzaban en su mirada, una sonrisa endiablada que dejaban ver claramente unos colmillos puntiagudos y afilados se fijaban claramente en el. Recalo sus ojos en su raptor, pidiendo ayuda para que este se levantara y defendiera a su compañero, pero cuál fue su sorpresa que el raptor yacía degollado y sin vida junto a su amo.

Estaba aterrado, no sabía qué hacer o donde mirar, ya que pusiera donde pusiera la vista, solo veía esos ojos y esas sonrisas de horror.

Sabía que tenía que levantarse, sabía que tenía que salir de allí corriendo, pensó y lo meditó, y el único destino cercano, era el reposo. ¿Sería capaz de llegar hasta él?, ¿Podría correr en su estado?

De repente, el hombre que le estaba clavando el objeto afilado, le susurro al oído: “¿Donde está el paquete?, dime donde esta, o te devoramos aquí mismo”. Su voz era ronca y tenebrosa, era más odiosa y temible que la voz del mismísimo Arthas.

¿Quiénes eran?, y ¿por qué esa carta, ese paquete?. Viéndose muerto ya, sacó fuerzas de flaqueza, y con su último atisbo de fuerza, invocó la tormenta de rayos. Tal golpe propició que mandó a todos los de su alrededor por los aires, cayendo en el suelo, y dejándoles aturdidos por unos instantes. Se dijo así mismo “corre…. Corre…. ahora o nunca, correeee”.

Se levanto, como pudo, agarrándose el costado donde se ubicaba la herida, y con paso débil, y poco firme echó  correr por la fría nieve, dejando un reguero de sangre tras de sí. Su enemigos no estarían mucho tiempo aturdidos, y él lo sabía, tenía que conseguirlo, tenía que llegar al Reposo del Dragón. Corrió y corrió sin cesar, intentando no mirar atrás, pero el aliento de sus cazadores estaba cada vez más cerca, el lo sentía, lo olía, seguía corriendo pero sus fuerzas flaqueaban, sentía que no podía más, ya le tenían, “será mi fin”.

Cuando uno de sus enemigos le quería asestar el golpe final, algo se interpuso. Un rugido enorme llenó la calma de la noche de miedo y caos, sus enemigos se batían con algo que él no veía, gritaban y  luchaban. “De nuevo una oportunidad”, se sanó lo que pudo, con su magia, lo suficiente para poder seguir adelante, lo más rápido posible.

No miro atrás, corría y corría, mientras se alejaba de la batalla, y a la vez veía las luces de un bastión amigo. “Lo conseguí” se dijo.

Llegó a las escaleras, mal herido, y casi sin sangre, sabiendo que aun con su esfuerzo no lograría su objetivo. Unos pasos se acercaban a el, y entonces lo supo, “es mi fin, no puedo más, no cumpliré mi misión”. Aquel que se acercaba llegó donde estaba, se agachó y le miró, su mirada se clavó en la suya, y se vio en los brazos de un Draenei, que le miraba con cara de preocupación. Se sintió seguro, aun sabiendo que eran enemigos.

Sus ojos poco a poco se cerraban, su aliento cada vez era más escaso, no tenía tiempo. Decidido metió su mano en la mochila, y saco tanto la carta como el paquete, y en un susurro muy débil dijo.

“Taro….Roma….Dak….”.

El draenei, vio como los ojos del troll, su enemigo, se cerraban, como esa mirada que le clavó de terror se borraba en la paz de una muerte horrenda, y sucia para un guerrero como el.

“¿Qué le ocurrió?” pensó. El draenei observo el paquete que le dio.

“Esta a mi nombre” dijo, “¿Cómo un horda tiene un paquete a mi nombre?”

Abrió el paquete, cogió la carta y empezó a leerlo.  Sus ojos se clavaron en la letra. Según avanzaba en la lectura, su mirada se transformaba en confusión, ira, miedo……….horror. Según seguía y seguía, los sentimientos se agolpaban los miedos ya olvidados renacían, y su temor crecía. Abrió el paquete, donde encontró una caja, tras quitar la tapa, metió la mano, y sacó lo que ello contenía en su interior, con la mano abierta lo examino, sintiendo todo el pánico y el horror de siglos atrás.

Se volvió, miro a su hermana y le dijo:

“Ya están aquí”

Author: Aridiel
• Sábado, Mayo 02nd, 2009

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Tuvo que ser ese huevo.

No recuerdo gran qué de cómo sucedió, pero sí me acuerdo de mis vestiduras haciéndose grandes, pesando como una montaña, mojadas por la lluvia, resbaladizas. Si me preguntan que si fue más incómodo sentirme desnuda o pequeña, ignoro qué respondería. Pero cualquiera de las dos cosas era mala idea.
Me transformé en una conejita rosa por tocar un huevo de los que se recogen en la Fiesta del Jardín Noble. Castigo divino por apartarme de mis quehaceres, seguro.

Busqué refugio dando vueltas sin control. Desorientada, tropecé un par de veces y trastabillé otras dos con el barro pegado a mis almohadillas. Era incómodo, asqueroso, y para colmo de males, terminé atravesando un arbusto, empapándome definitivamente. Gruñí, si es que los conejos pueden hacer eso, y estornudé.

Encontrar un sitio seco cuando toda la fauna del bosque pretende lo mismo que tú suele terminar mal para alguien. Bueno, al menos descubrí que los animales son más comprensivos que los seres racionales de Azeroth. Indicaban sitios en los que resguardarme con un hocico, una pezuña, un cuerno y algunas cosas más que, entre animales, deben ser normales. Al fin, un ciervo hizo un par de gestos con su cabeza, señalando un sendero serpenteante al otro lado de un camino cercano.

Nada más cruzar y adentrarme en él, escuché miles de hojas y ramas rompiéndose a mi alrededor. Algo me golpeó en medio de la confusión, aplastándome contra el suelo con un crujido.

Bromeé para mis adentros al escabullirme, pensando que el encantamiento había propiciado, de paso, la venida del Fin de los Tiempos y todo eso que tanto me habían inculcado. Giré sobre mí misma con la torpeza de quien no domina una nueva forma y curioseé el pedazo de mundo que había caído sobre mí. Arrugué la nariz.

A veces pienso que ciertas enseñanzas no sirven sólo para infundir miedo, sino para decirte que podría ir peor.

Era una draenei de pelo largo y plateado con un vestido rojo manchado por el barro y huevos rotos. Parpadeé en un par de ocasiones, preguntándome si estaba viva. Moví mi trasero hasta colocarme en su tripa celeste.
Eh, le dije, reacciona. Me había llevado la peor parte, pero a ella no le sentaban bien los suelos. Al menos respiraba.
Trepé por su busto, cuidando no tocar nada indecoroso, hasta colocarme en su frente. Rocé mi nariz contra la suya en un par de ocasiones y vi un fulgor pálido en los ojos.

Hay momentos en la vida que sabes que no hay vuelta atrás. Cuando alguien que mide quince veces lo que tú te clava la mirada, sea un dragón o una muchachita como esa, es uno de ellos.

Se levantó tan rápido que no tuve tiempo de saltar, aterrizando en su regazo con el peso de una bola de pelo mojada. Su calor me envolvió, protector. Nos miramos, interrogativas.

Nunca fui rápida con las sorpresas. De hecho, creo que tardé un par de minutos en darme cuenta de haber sido cogida entre sus manos. Tenía unas pestañas plateadas preciosas, y sus colmillos draénicos asomaron sobre los labios azules sonrientes.
Rozó sus mejillas contra las mías y entendí por qué a muchas mascotas no les gusta que las achuchen. Es como si una apisonadora te atusara un pelo rebelde cuando tienes cinco años.

Tarareando una cancioncilla draénica, miró a los lados. Se fijó en un árbol cercano y asintió con la cabeza. Nos cogió a su mochila y a mí y, de camino al tronco, suspiró al comprobar que el arduo trabajo de buscar huevos se había hecho fosfatina.
Me dejó a sus pies, acarició mi cabeza y abrió su bagaje. Sacó lo que parecía una especie de uniforme, colocándolo en el suelo casi seco, encima de las raíces.

Las cosas empezaban a ponerse raras.

Mirándome, soltó un tirante del vestido y lo deslizó por su brazo derecho.
No se atrevería a desnudarse ante una sacerdotisa.

Cayó otro tirante sin apartar sus ojos.
Claro, a nadie le da reparo desnudarse ante un conejo mojado.

Dejó caer su vestido hasta la cintura, con gotas de agua dibujando pecas de luna en su piel.

Debí aprender rápido a ser una pequeña amalgama de expresiones, porque sonrió cogiéndome otra vez, mientras mi cerebro procesaba información sensorial a toda prisa.

Ser una conejita de mi condición cuando estás en una situación semejante, hace de la fiesta del Jardín Noble algo irónico.

Así que allí estaba, con una draenei a medio vestir y los pelos de mi nueva y diminuta espalda erizados. Cerraba los ojos, de verdad que lo hacía, pero olía tan bien que besos, caricias, gemidos y suspiros de las clases más tórridas entrechocaban en la imaginería de mi mente, acelerando mi respiración. Quería huir, meterme en cualquier otro lugar de Azeroth que no fuera sus brazos.

Me apretaba contra su piel y sus pechos blandos me acogían. Juro que mis bigotitos rozaban, involuntariamente, pequeñas áreas pecaminosas que antes eran carentes de interés. Mi corazón palpitaba escuchando el suyo. Mi boca se secaba por el miedo, o por la curiosidad. Maldije para mis adentros con rubor en las mejillas.

Dijo alguna cosa en draénico.

Lo peor que puede pasarte cuando tienes un ataque de pánico ante un acantilado es que te empujen a él.
O crezcas.

Mi cuerpo me perturbaba a medida que recuperaba su forma y tamaño. Ya no eran las sensaciones de un animalito, sino las mías. Era su cuerpo friccionando con el mío; no era piel de gallina bajo una capa de pelo, sino mi propia piel contra la suya, húmedas; no eran los ojos de una criaturita clavados en los suyos.

Y ella lo sabía desde el principio.

Que me besara en medio de mi caos no tiene otra posible explicación.
Que no pudiera evitar que la abrazara, queriendo su calor, su protección y su olor, tampoco.

A partir de ahí, lo demás dio total y absolutamente igual.

Cerré los ojos. Dejé que su sabor se hiciera con mi boca. Que sus dedos se enredaran en mi pelo antes de acariciarme y, por un momento, temí que se acabara. Se separó tan poco que sus labios rozaron los míos cuando sonreímos. Necesité besarla. Me abalancé con una explosión áurea atravesando mi mente, venciéndonos hacia atrás.

Estaba llena de felicidad por algo que nunca comprendí. Era una desconocida que violaba todas mis convicciones y creencias con la naturalidad del descaro de los que, simplemente, se desean. Porque eso era lo que me pasaba. La deseaba irracionalmente. Con cada latido, con cada beso, con cada segundo retumbando en mi espíritu.

Lamí sus labios y pulsé eléctricamente con su lengua dulce, tímida y atrevida a la vez. Acaricié su cuello, sus lóbulos, sus clavículas y para cuando las quise, levantó mi cara al cielo y cayó su aliento sonriente en mi yugular. Creo que murmuró alguna cosa, pero recuerdo más sus dientes mordiéndome el alma, decidida y tan segura que no me importó.

El bajar de sus uñas me erizó en un relámpago azul de calma contenida. Temblaba al conocerme con su contacto. La tensión de lo desconocido en mi estómago. Pasé mis manos por su espalda, aferrándome a sus hombros, acercándola más y su pecho cedió contra el mío. Se cortó mi respiración por unos segundos. Di gracias a la Vida. Exhalé con la boca abierta al cielo agujereado por millones de estrellas.

Giramos a un lado, moviéndonos con una de sus manos en mi cadera. Nos miramos y sonreí, nerviosa.

Esto es nuevo para mí, intenté decir.

Llevó uno de sus dedos a mi boca y negó lentamente con la cabeza, acallándome en un silbido. Sellé mis labios en sus dedos, nudillos y mano, hasta apoyar mi cara. Acercó la suya, besándome mientras me dibujaba un trazo de intimidad desde la mejilla hasta el vientre.

Enterrándome en su cuello, busqué el olor de la protección. Empequeñecí y suspiró.

Paseé mis yemas por su espalda.
Apretó mis muslos con los suyos.

Y lejos de escandalizarme, sonreí en acto reflejo atrayéndola un poco más.

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Author: Aridiel
• Lunes, Diciembre 15th, 2008

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Las noches de Dalaran, aun pareciendo contradictorio, son cálidas y agradables. El bullicio del día se torna calmado, lento, muchos héroes se refugian en las tabernas para, a la luz de unas hogueras, poder compartir junto a sus colegas de armas las batallas libradas a lo largo del día. Pero los que gustan de pasear en la penumbra son los que lo sienten, el aire mágico que recorre la ciudad como si vida propia tuviera, el que juguetonamente se arremolina en nuestros cabellos para luego partir lejos… quien sabe si a las heladas tierras del Cementerio de Dragones o las siniestra Corona de Hielo.

puerAridiel gusta de sentir estos últimos momentos del día, recorrer las calles y ver como poco a poco cierran los comercios y los tonos de la ciudad se vuelven apagados y silenciosos. Le agrada escuchar los ruidos adormilados de las mascotas en el Arca Mágica o quedarse muy quieta viendo el mágico crecimiento de las flores en el invernadero del Mercado de Magos tras la cristalera. Pero lo que más le llama es, en la noche oscura, observar desde una cierta distancia todo lo que acontece dentro de El Salon Juego de Manos. El grupo de amigos que debate sobre unos hallazgos y  tesoros encontrados en Ahn Kahet, El Antiguo Reino, los frustrados intentos de un pobre guerrero humano por llamar la atención de una elfa de sangre quien a su vez esta repasando languidamente un libro de pociones y elixires… o el ir y venir tras la barra de su gran amigo y confidente Arille Mirada Azur quien intuitivamente alza la vista y al verla le regala una sonrisa y le invita con un leve gesto a entrar. Creo que tienes visita parece decir con la mirada y señala a un variopinto grupo de héroes sentados en una de las más apartadas mesas del local.

Intrigada, Aridiel entra en la taberna y dirige su vista hacia ese singular grupo. Los reconoce al instante, ¿cómo no hacerlo?, allí están el dicharachero Ironmen, un joven elfo cazador, muy concentrado explicándoles al resto del grupo, entre gestos y voces algo que parece atraer bastante la atención de sus compañeros… pero no el agrado de las mesas colindantes puesto que entre las risas,  voces altas y  pequeñas bromas hacia los desconocidos parece estar creando un ambiente algo tenso… sobre todo con la horda.

A su derecha y atendiendo más a la conversación que están teniendo entre ellos  que a la de Ironmen, hay dos humanos sacerdotes de las sombras, Belavi y Kizer que entre susurros debaten algunas de las ideas del joven elfo cazador. Frente a ellos una joven de inusual cabello malva y ojos azul brillante intenta por todos los medios no perderse nada de la conversación, parece un poco asustada y reacia a lo que allí se comenta pero en el fondo una pequeña luz en su mirada la delata. Algo se está preparando y aunque quiera negárselo a si misma no puede… ella es Darkhara, una draenei dama de la muerte que recientemente ha ingresado en las filas de la hermandad Fénix. Todos saben que tiene mucho potencial pero aun le asusta asimilarlo pues hace poco más de un mes… bueno creo que es algo que ella debería contar algún día, cuando esté preparada.

siY finalmente, algo apartado del resto del grupo, allí estaba Iwo, sentado en el suelo atareado tallando un pequeño trozo de madera, con la cabellera esta vez trenzada y esa singular forma de vestir asilvestrada parece no reparar en nada de lo que pasa a su alrededor pero curiosamente en los momentos en que el cazador le pide su opinión o hace alusión a él siempre tiene una respuesta perfecta o un punto de vista novedoso. A su lado, amparados por las sombras, una pequeña gatita blanca y una cucaracha de gran tamaño miran casi imnotizados la labor que está realizando el druida con la madera, esta es otra de las curiosas habilidades de Iwo, atrae mágicamente a cualquier ser vivo animal que este cerca, tantos años bajo el servicio de los druidas, siendo el protector y guardián de cada ser vivo animal o vegetal han desarrollado en el una empatía sorprendente hacia este mundo que nos rodea.

Aridiel recuerda con algo de disgusto aquella vez, hace ya mucho tiempo, en una misión en las devastadas Tierras de la Peste del Oeste cuando tuvieron que entrar a una casa abandonada en busca de un libro… cuando se separaron para registrar la casa lo antes posible, obviamente ella encontró primero el libro y al ir a reunirse con el lo vio rodeado de horrendas arañas no mayores que la palma de una mano pero para Aridiel de un tamaño desorbitado… el les susurraba palabras en un lenguaje extraño y guardaba silencios como si ellas le contestasen cuando no se oía otra cosa más que el absoluto y tétrico silencio de aquel lugar maldito.

Arañas… como las odio piensa Aridiel y no logra evitar un estremecimiento que la recorre de la cabeza a los pies, el cual es captado inmediatamente por Iwo que alza la vista preocupado pero al verla sana y salva en la entrada de la taberna le regala una amplia sonrisa mientras guarda en la faltriquera el trozo de madera casi acabado para desilusión de los pobres animalitos espectadores mientras,  con la mirada divertida,  señala al grupo y le trasmite sus pensamientos, parece que estos traman algo para hoy… .

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Ains… ¿qué será esta vez? piensa Aridiel y encogiendose de hombros avanza hacia el grupo. Iwo ríe alegremente, sabe que Aridiel no tiene mucha paciencia y no le va a gustar lo que se avecina. Al oir las carcajadas, todos se sobresaltan y lo miran… ¿de qué se reirá?, pero entonces ven llegar a la elfa sacerdotisa y comprenden que se les ha ido todo el tiempo entre divagaciones pero no han tratado el punto más importante… sobre todo el como le explicarán a Aridiel lo que quieren hacer… .

Iwo se retira y vuelve con dos sillas, una para el y otra para Aridiel que la agradece con una sonrisa y ambos se sienta. Tras los saludos, Ironmen que parece adoptar el papel de cabecilla empieza a comentar el porque de esta pequeña reunión. Al salir de una incursión a las cárceles de Dalaran oyó hablar a un brujo sobre algo que se estaba organizando para la noche, picado por la curiosidad no pudo dejar de seguir al brujo y a su compañero que se adentraron hacia Los Bajos Fondos, tiene que ser interesante, pensó el cazador. Una vez allí, en la Taberna de los Cuervos, varias personas estaban reunidas para tratar el siguiente tema. El Rey Varian no estaba conforme con la actitud tomada por Lady Jaina Valiente en la incursión pasada a Orgrimmar y Entrañas y en vista de que muchos héroes hordeños habían partido hacia Rasganorte… esta podría ser la oportunidad perfecta para plantarles batalla… y recuperar Lordaeron.

Además para todos aquellos héroes que quisieran llevar a cabo la empresa que proponía el Rey habría a su disposición, además de honor y gloria entre nuestros iguales, unos fieros osos de guerra negros que concluida la batalla podrían quedarse los guerreros como prueba de agradecimiento del reinado de Ventormenta.

Y así fue como por codicia, honor, ideales o pruebas de valor se concretó que ese mismo día a altas horas de la noche se formaría una gran contienda a las afueras de Trinquete con un único objetivo.

Liberar Azeroth de la pestilente Horda para siempre

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Y podría seguir, contar la reacción de Aridiel, los preparativos, el gran grupo que formamos ante las ciudades hordas (tengo bastantes imagenes) pero nu se, por ahora lo dejo como un final abierto aunque la última foto lo dice todo. Puede que en otro momento retome el relato, porque aunque no sea de gran calidad me divierte un montón convertir las vivencias del día día en el Wow en algo más… rolero xD, en fin, espero que os guste ^^.